Día de los fieles
difuntos.
El día de nuestra
muerte nos espera un juicio particular en el que el alma ante Dios puede elegir
entre abrirse al amor de Dios o rechazar
definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la
comunión gozosa con él (cfr. Juan Pablo II, Audiencia General del 4 de Agosto
de 1999).
Carta I de San Pablo a los Corintios 15,35-37.42-49.
Hermanos:
Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?
Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere.
Y lo que siembras, no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles;
se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza;
se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual.
Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida.
Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después.
El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo.
Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.
De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.
San Pablo subraya con fuerza que todos seremos transformados, nuestro cuerpo y nuestra carne serán transformados.
En esta línea, el Santo Padre Francisco ha explicado que “la lógica del ayer es fácil, la lógica del hoy es fácil, la lógica del mañana es fácil: todos moriremos”. Pero la lógica del pasado mañana, esta es difícil.
Y esto es lo que Pablo quiere anunciar hoy: la resurrección, “Cristo ha resucitado. Cristo ha resucitado y está bien claro que no ha resucitado como un fantasma”. La lógica del pasado mañana, ha asegurado, es en la que entra la carne.
Carta I de San Pablo a los Corintios 15,35-37.42-49.
Hermanos:
Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?
Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere.
Y lo que siembras, no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles;
se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza;
se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual.
Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida.
Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después.
El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo.
Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.
De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.
San Pablo subraya con fuerza que todos seremos transformados, nuestro cuerpo y nuestra carne serán transformados.
En esta línea, el Santo Padre Francisco ha explicado que “la lógica del ayer es fácil, la lógica del hoy es fácil, la lógica del mañana es fácil: todos moriremos”. Pero la lógica del pasado mañana, esta es difícil.
Y esto es lo que Pablo quiere anunciar hoy: la resurrección, “Cristo ha resucitado. Cristo ha resucitado y está bien claro que no ha resucitado como un fantasma”. La lógica del pasado mañana, ha asegurado, es en la que entra la carne.
–ha concluido el Pontífice su homilía– es necesaria una gracia grande del Espíritu Santo para entender esta lógica del pasado mañana, después de la transformación, cuando Él vendrá y nos llevará a todos, transformados para quedarnos con Él.
El «cielo» como plenitud de
intimidad con Dios
1. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en
su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento
de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que
constituye la meta de la existencia humana.
Como enseña el Catecismo
de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima
Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los
ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. El cielo es el fin último y la realización
de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de
dicha» (n. 1024).
3. El Nuevo Testamento
profundiza la idea del cielo también en relación con el misterio de Cristo.
Para indicar que el sacrificio del Redentor asume valor perfecto y definitivo,
la carta a los Hebreos afirma que Jesús «penetró los cielos» (Hb 4, 14) y «no penetró en un santuario
hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo
cielo» (Hb 9, 24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de
modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos del
cielo.
Vale la pena escuchar lo que a
este respecto nos dice el apóstol Pablo en un texto de gran intensidad: «Dios,
rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó
juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados y con
él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin
de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por
su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2, 4-7). Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en
misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado,
el cual, como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre.
En el marco de la Revelación
sabemos que el «cielo» o la
«bienaventuranza» en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las
nubes, sino una relación viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza
en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre
esta verdad afirmando que, «por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos ha
abierto el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención
realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial a
quienes han creído en él y han permanecido fieles a su voluntad. El
cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente
incorporados a él» (n. 1026).
Tus ojos volverán a ver,
saltaras como un muchacho.
No mas enfermedad o dolencia.
Y una vida plena junto a Dios,
nuestros seres queridos y la creación entera,
vivificados por el Espíritu de Dios, que es vida
y da vida transformandonos en Cristo,
suficiente si, aquí en la tierra, pero glorioso en el cielo.
La divina Escritura se esfuerza en introducirnos a esta plenitud; y es, pues, en vistas a este fin, con esta intención que la santa Escritura debe ser estudiada, enseñada y comprendida.
Porque en la Escritura están “las palabras de vida eterna”
no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna
en la cual veremos, amaremos y nuestros deseos se verán eternamente colmados.
Tus ojos volverán a ver,
saltaras como un muchacho.
No mas enfermedad o dolencia.
Y una vida plena junto a Dios,
nuestros seres queridos y la creación entera,
vivificados por el Espíritu de Dios, que es vida
y da vida transformandonos en Cristo,
suficiente si, aquí en la tierra, pero glorioso en el cielo.
La finalidad o el fruto de la santa Escritura no es cualquier cosa, sino la plena felicidad eterna. Porque en la Escritura están “las palabras de vida eterna” (Jn 6,68);
está, pues, escrita, no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna en la cual veremos, amaremos y nuestros deseos se verán eternamente colmados.
Es entonces que nuestros deseos se verán plenamente satisfechos, conoceremos verdaderamente “el amor que sobrepasa todo conocimiento” y así llegaremos a “la Plenitud total de Dios” (Ef 3,19).
El infierno como rechazo
definitivo de Dios
1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, el
hombre, llamado a responderle en la libertad, por desgracia ,puede elegir a
partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, rechazar
definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión
gozosa con él.
La misma
dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en
cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que
convierten la vida, como se suele decir, en «un infierno». Con todo, en sentido
teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra
quien lo ha cometido.
Es la situación en que se sitúa
definitivamente quien rechaza la
misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.
3. Las imágenes con las que la
sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente.
Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la
situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de
Dios, manantial de vida y alegría.
Así resume los datos de la fe
sobre este tema el Catecismo
de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni
acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y
libre elección. Este estado de autoexclusión
definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se
designa con la palabra infierno»
(n. 1033).
La «condenación» consiste
precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por
elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.
La sentencia de Dios ratifica ese estado.
Evangelio según San Mateo 25,31-46.
Jesús dijo a sus discípulos:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso.
Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,
y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron"
"cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo".
Comentario San Cipriano (c. 200-258)
| Conmemoración de todos los fieles difuntos
Libro de la Sabiduría 3,1-9.
Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los afectará ningún tormento. Por una leve corrección, recibirán grandes beneficios, porque Dios los puso a prueba y los encontró dignos de él.A los ojos de los insensatos parecían muertos; su partida de este mundo fue considerada una desgracia y su alejamiento de nosotros, una completa destrucción; pero ellos están en paz. A los ojos de los hombres, ellos fueron castigados, pero su esperanza estaba colmada de inmortalidad. Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto. |
Evangelio según San Mateo 25,31-46.
Jesús dijo a sus discípulos:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso.
Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,
y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron"
"cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo".
Comentario San Cipriano (c. 200-258)
| Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a los patriarcas. ¿Por qué, pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra patria, para poder saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras personas queridas, nos echan de menos una multitud de padres, hermanos, hijos, seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué alegría tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué placer disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan soberana y perpetua con una vida sin fin! |
El purgatorio: purificación
necesaria para el encuentro con Dios
1. Como hemos visto en las dos catequesis anteriores, a
partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el hombre se
encuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en la bienaventuranza
eterna, o permanece alejado de su presencia.
Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios,
pero de un modo imperfecto, el camino
hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de
la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. Catecismo de la Iglesia católica,
nn. 1030-1032).
3. Para alcanzar un estado de
integridad perfecta es necesaria, a veces,
la intercesión o la mediación de una persona. Por ejemplo, Moisés
obtiene el perdón del pueblo con una súplica, en la que evoca la obra salvífica
realizada por Dios en el pasado e invoca su fidelidad al juramento hecho a los
padres (cf. Ex 32, 30 y vv. 11-13). La
figura del Siervo del Señor, delineada por el libro de Isaías, se
caracteriza también por su función de interceder y expiar en favor de muchos;
al término de sus sufrimientos, él «verá la luz» y «justificará a muchos», cargando
con sus culpas (cf. Is 52, 13-53, 12, especialmente 53, 11).
El Salmo 51 puede considerarse, desde la visión del Antiguo
Testamento, una síntesis del proceso de reintegración: el pecador confiesa y
reconoce la propia culpa (v. 6), y pide insistentemente ser purificado o «lavado» (vv. 4. 9. 12 y 16), para poder proclamar
la alabanza divina (v. 17).
4. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el intercesor,
que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día de la expiación (cf. Hb 5, 7; 7, 25). Pero en él el sacerdocio
presenta una configuración nueva y definitiva. Él entra una sola vez en el santuario celestial para interceder ante
Dios en favor nuestro (cf. Hb 9, 23-26, especialmente el v.€ 4). Es
Sacerdote y, al mismo tiempo, «víctima de propiciación» por los pecados de todo
el mundo (cf. 1 Jn 2, 2). *
Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.
Hermanos: Cristo no entró en el santuario de la antigua alianza, construido por mano de hombres y que sólo era figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para estar ahora en la presencia de Dios, intercediendo por nosotros.
En la antigua alianza, el sumo sacerdote entraba cada año en el santuario para ofrecer una sangre que no era la suya; pero Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, Él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Así como está determinado que los hombres mueran una sola vez y que después de la muerte venga el juicio, así también Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para la salvación de aquellos que lo aguardan y en Él tienen puesta su esperanza.
Jesús,
como el gran intercesor que expía por nosotros, se revelará plenamente al final
de nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia, pero también con el juicio inevitable
para quien rechaza el amor y el perdón del Padre.
El ofrecimiento de misericordia
no excluye el deber de presentarnos puros e íntegros ante Dios, ricos de esa
caridad que Pablo llama «vínculo de la perfección» (Col 3, 14).
Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y
corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa,
y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este
término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de
la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que
los libera de los residuos de la imperfección.
Hay que precisar que el estado
de purificación no es una prolongación de la situación terrena, como si
después de la muerte se diera una ulterior posibilidad de cambiar el propio
destino. La enseñanza de la Iglesia a este propósito es inequívoca, y ha sido
reafirmada por el concilio Vaticano II, que enseña: «Como no sabemos ni el día
ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en
vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la
tierra (cf. Hb 9, 27), mereceremos entrar con él en
la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos
malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá
llanto y rechinar de dientes (Mt 22,
13 y 25, 30)» (Lumen gentium, 48).
6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, que
la tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve: la dimensión comunitaria. En efecto, quienes se encuentran
en la condición de purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que
ya gozan plenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos en este
mundo hacia la casa del Padre (cf.Catecismo de la Iglesia católica, n.
1032).
Así como
en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí en el único Cuerpo
místico, así también después de la muerte los que viven en estado de
purificación experimentan la misma solidaridad eclesial que actúa en la
oración, en los sufragios y en la caridad de los demás hermanos en la fe.
La purificación se realiza en el vínculo esencial que se crea entre quienes
viven la vida del tiempo presente y quienes ya gozan de la bienaventuranza
eterna.
Tomado de Juan Pablo II,
Audiencias del 21, 28 de Julio y 4 de agosto de 1999.
Además, ha indicado que “si queremos permanecer fieles a la herencia de Juan Pablo II debemos caminar con valentía por el camino del amor de Dios y del prójimo, es decir, por el camino de la santidad.
Juan Pablo II enseñó que la santidad no es un privilegio de pocos
El cardenal Dziwisz recuerda al Papa polaco en una misa celebrada en San Pedro en el primer aniversario de la canonización
“la santidad no es un privilegio de unos pocos” sino que es “la vocación universal del Pueblo de Dios”. Asimismo, ha recordado que Juan Pablo II fue “un hombre de oración, de contemplación y de acción”, un “místico del servicio” enamorado de Jesucristo y este amor “tomó la forma de un incansable servicio a la Iglesia y al mundo”.Además, ha indicado que “si queremos permanecer fieles a la herencia de Juan Pablo II debemos caminar con valentía por el camino del amor de Dios y del prójimo, es decir, por el camino de la santidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario